lunes 26 junio 2006

La quinta contraseña

Escribo rápido y aún así no sé si me va a dar tiempo. He visto a alguien asomándose a mi ventana. Creo que lo saben. Debo salir pitando de aquí. Pero antes, la quinta contraseña, válida para el descuento del 50 % de la función del jueves 30 de junio a las 21.00 horas. Al llegar al Janagah (Plaza de Arteijo, 14. Frente a la Vaguada y el Teatro de Madrid. Metro Barrio del Pilar, L9. Reservas: 91 224 74 95), alguien te preguntará por la contraseña. Debes decir:

¿Sabes? Voy a confesarte algo. Antes, cuando te oía cantar en el escenario, quería ser tú. No como tú. Ser tú. ¿Me entiendes? Ser tú.

Ya no importa si la copias en un papel. Ya no importan las pruebas. Ya lo saben. Saben quien filtra las contraseñas. Éste puede que sea mi último post. Están ahí fuera. No sé a qué esperan. No sé por qué no entran. Ya sé que no voy a salir de aquí.

lunes 12 junio 2006

Historia de un beso

La noche del jueves 8 de junio el Sr. Mierda se pilló el cabreo más gordo de su vida. Yo, al menos, nunca lo había visto así. Acababa de cerrar un negocio con un comprador de arte. Su mujer hacía rato que había bajado del escenario. Fumaba y bebía recostada en la barra del bar. Sola. Él no le había quitado los ojos de encima en ningún momento. Ni siquiera cuando el comprador le extendió la mano para despedirse. Se la estrechó sin ganas, sin mirarlo si quiera. Normalmente, cierra los negocios mirando teatralmente a los ojos, como un púgil ante un adversario inferior. No dejaba de vigilarla. Era una gilipollez, nadie hubiera osado acercarse a la mujer del Sr. Mierda sin estar él a su lado. Todo el mundo conocía el exceso de celo con el que la guardaba que, incluso, se había exacerbado en los últimos tiempos. Ella siempre estaba sola. Rodeada de gente y sola.

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domingo 4 junio 2006

Primera CRÓNICA de En Negro

Soy un cronista improvisado. A mí no me contrató el Sr. Mierda para esto. Es más, creo que no le gustaría que hablara de lo que no debo. Pero no lo puedo evitar. La fama de bocazas me precede. La primera función de En Negro se saldó sin víctimas. Fue casi un milagro. El tío Oscaronne se paseaba exhibiendo su 38 corto a diestro y siniestro mientras preguntaba por la contraseña. La aparición proverbial de algunas chicas que llamaron su atención -y a las que se dedicó en cuerpo y alma- evitó que alguien saliera herido. Corrió el alcohol y las botellas se acumularon en la barra del local ante la torpeza del camarero, un tipo al que se le notaba de lejos que estaba más acostumbrado a usar la pistola que el abridor. Llegó gente de diferentes rincones. Gente de diferente calaña. Buenos y malos tipos.

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