La chica encendió el cigarrillo y expelió el humo. El camarero cerró el zippo con un movimiento de prestidigitador y aguardó allí unos segundos. Esperaba un gesto de agradecimiento. No sé, que la tía se le abriese de piernas o algo así. Pero se quedó con las ganas.

Saqué un cigarrillo y me vengué:

-¿Me das fuego a mí?

La llama surgió de nuevo. Me deleité aspirando.

-Gracias -dije. Pero me pareció poca la venganza y añadí:- ¿Puedes dejar el mechero aquí? Fumo mucho. No me gustaría tener que estar molestándote todo el rato.

El camarero miró a la chica, miró su zippo, se despidió de él y lo dejó sobre la barra antes de irse a llorar al lado de la cafetera.

-¿Siempre eres tan hijo de puta? -me espetó la chica.

Le di vueltas a varias réplicas. Pero no cumplían el nivel mínimo exigible para la situación. Así que sonreí.

La voz de la tía del cartel había sonado aquella mañana en el teléfono de la redacción. Después de presentarse como la esposa del Sr. Mierda, dijo que tenía una información que iba a interesarme. Se encontraba en la cafetería que hacía esquina en el mismo edificio de la redacción. Me jodió tener que dejar mi puesto de trabajo en ese momento. Una brasileña me mostraba los pechos más grandes que había visto nunca en la pantalla del ordenador. Desconecté internet y salí maldiciendo entre dientes.

La chica sonrió también. No tenía una sonrisa bonita. Ella debía ser consciente porque enseguida dejó de hacerlo. Le dio otra calada al cigarrillo. Parsimoniosamente. Posando con sus enormes gafas de sol.

-Me vas a disculpar, pero hoy ando muy liado -dije-. ¿De qué querías hablarme exactamente?
-¿Exactamente?
-Eso es. Exactamente.
-Exactamente de nada.
-Genial. Son las conversaciones que más me gustan.
-Sólo quería conocerte.
-¿Conocerme?
-¿Te sorprende?
-Para nada. Las tías hacen cola para conocerme.

Volvió a dar una calada al pitillo y echó el humo por la nariz. Lentamente. La imité.

-¿Y bien?
-Me gustas. Eres tan hijo de puta como yo.
-¿Te pegó? -dije de sopetón- ¿Por eso suspendiste la actuación el otro día?

Bajó la cabeza. Parecía derrotada.

-Por eso llevas gafas de sol, ¿no?

Levantó la cabeza. Creí que iba a quitarse las gafas, pero no lo hizo.

-¿Conoces a muchas mujeres maltratadas?
-A algunas.
-¿Las maltrataste tú?
-¿Yo? No. Las conocí por trabajo. Y se maltrataron solas. No supieron largarse a tiempo.

Se quitó las gafas. Ojos verdes, enormes. Apenas maquillados. Sin el más mínimo rastro de golpes. Se acercó a mí y me besó en los labios. De repente, me empalmé.

-Mi marido es incapaz de matar a una mosca -dijo.

Descendió del asiento y se dirigió a la salida. No parecía tan pequeña ahora. Interrumpí sus pasos con un "oye". Se giró.

-¿Y ya está? -dije.
-Ya está -dijo-. De momento.

Salió de la cafetería. Aún tenía media sonrisa boba en los labios cuando se acercó el camarero.

-¿Puedo retiralo? -dijo señalando los dos cafés sobre la barra. Ni los habíamos tocado.

Saqué la calderilla del bolsillo y le pagué. Me miró otra vez como quien mira a una caca de perro. Lo ignoré . Crucé los dedos y caminé hacia la salida.

-Oye -dijo el camarero extendiendo la mano.

Me saqué el zippo del bolsillo y se lo entregué.

Arriba, en algún lugar de mi ordenador, me esperaba una brasileña con los pechos más grandes que había visto nunca. Temía que no iba a ser suficiente.