Había llegado pronto, con tiempo suficiente para apurar un cigarrillo justo enfrente de la fachada del local. Hacía esquina. Desde donde estaba podía divisar la puerta principal y la salida de emergencia. La primera, con el cierre a medio abrir, era de cristal. Había carteles amarillentos de antiguas actuaciones pegados por dentro. La segunda era una puerta blanca con dos ventanucos redondos. Tenían manchas de suciedad. El local parecía un puticlub cutre de barrio. Lo que era o lo que había sido. Me acerqué y llamé al timbre. Antes de que abrieran, tiré el cigarrillo y me puese a masticar un chicle de menta. El tipo podía ser de la liga antitabaco y no quería ponérmelo en contra.

No sé por qué, pero esperaba que fuera el mismo Sr. Mierda el que abriera la puerta. Apareció un tipo joven de pelo largo y barbita rala. Su vestuario parecía sacado de una película de gansters de los años 70. Sonreí. El tipo pareció adivinar y me retó con su silencio.
- ¿Eres el periodista? -dijo al fin.
- El mismo.

El Sr. Mierda apartó un cenicero impoluto y puso dos tazas sobre la barra.
-¿Usted fuma?
Vacilé.
-No -dije moviendo el chicle como una vaca.
-¿Seguro?
-Lo dejé.
-Yo también. Es un vicio inútil.
-Completamente inútil.
Me sentí orgulloso de mi lucidez. El Sr. Mierda dio un sorbo a su café. Lo imité. Me miró fijamente. Aún tenía legañas en los ojos. Eran las cuatro de la tarde.
-Es una pena. Que no fume. Me gusta que la gente fume. Me gusta el olor del tabaco. Estar rodeado de humo -chasqueó la lengua húmeda de café-. Ver cómo la gente se mata lentamente. ¿Seguro que usted no fuma?
La legaña izquierda trataba de aferrarse a su lagrimal para no caer en la taza. Me tragué el chicle de menta. Saqué mi paquete de tabaco y encendí un pitillo.
-Creo que usted y yo vamos a entendernos -dijo.
La legaña izquierda cayó al fin y se hundió en el líquido negro.
-¿Sabe por qué está aquí?
Una entrevista. Un encargo de urgencia de mi redactor jefe. El Sr. Mierda estaba encausado por desvalijar un número indeterminado de valiosos cuadros de la mansión de una conocida familia de bien (es un decir). Era un scoop. La noticia llevaba semanas acaparando portadas. El director tenía especial interés en que me ocupara yo del tema. Me extrañó el encargo. Yo no soy periodista de scoop.
-Una entrevista -dije.
-Exacto.
Hizo una pausa para beberse su legaña.
-¿Conoce usted mi caso?
-Me he documentado -mentí.
-Perfecto.
Le echó un vistazo a mi taza.
-¿Ha terminado con el café?
Lo apuré de un trago.
-Ya puede irse.
-¿Y la entrevista?
Me enseñó los dientes en una sonrisa amarilla.
-Ya la ha hecho.
Emitió algo parecido a un silbido. Apagué el cigarrillo en el cenicero impoluto antes de que el tipo vestido a la moda de los 70 apareciera tras una cortina. Cuando me despedía del sexo de la modelo de Modigliani, el Sr. Mierda dijo:
-Salude a su director de mi parte.
-No entro mucho en su despacho.
-En esta ocasión lo llamará para felicitarlo.

Encendí otro pitillo en la esquina del local. Los ventanucos de la puerta de emergencia parecían los enorme ojos de un saurio deprimido. Las manchas de suciedad eran legañas gigantescas. Di una larga calada. Tosí compulsivamente. Eso hubiera hecho correrse de gusto al Sr. Mierda.

La entrevista se publicó sin foto al día siguiente. Era una buena entrevista. Todo el mundo habló del scoop. Todo el mundo dijo que era una buena entrevista. Algunos dijeron que el Sr. Mierda parecía un buen tipo. Todo el mundo dijo que, al menos, el Sr. Mierda no parecía tan mal tipo. Cuando digo todo el mundo quiero decir las tertulias radiofónicas. No soy un periodista de scoop. Pero mi director, al parecer, conoce mi fama de periodista creativo. Creo que me fichó por eso. Le transmití los saludos del Sr. Mierda.

-No tiene gracia -dijo.
-No es un chiste -dije y añadí:- ¿Puedo hacerte una pregunta, dire?
-No.
No hice caso.
-¿Por qué diablos lo llaman Sr. Mierda?